—Ya sabe usted que se lo he pedido.

—Lo sé, me acuerdo.

Habló tristemente y ella se echó á reir.

—Y bien, qué, ¿piensa usted regalármelo?

—¡Quién sabe!...

Una cólera repentina había dado á sus facciones tirantez viril y agresiva. Palidecieron su frente y sus labios. Candelas, que era bondadosa, trató de aliviar su tormento.

—Déjese usted de mujeres—exclamó—; somos muy malas. Créame usted á mí: la mejor, la más santa de nosotras, no vale un sacrificio.

Alicia interrumpió á su amiga.

—¡Qué bobita eres! Estamos hablando en broma. ¿Tú piensas que Enrique puede hacer una locura por mí?... ¡Qué disparate!

Fieramente el estudiante repitió: