—¡Quién sabe!

Y luego, tras una pausa:

—Ignoro por qué habla usted así. Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo.

Dos meses antes, las frases un poco burlescas y las sonrisas de las dos jóvenes le hubiesen desconcertado. Pero ahora hallábase transfigurado y poseído de un nuevo y vigoroso ardimiento. Ya no dudaba; invadíale un extraordinario y avasallador concepto de sí mismo, y esta convicción de su juventud y de su audacia, de su fuerza, en fin le enajenaba como una ola de alcohol. Un instante había bastado para que el niño creciera y fuese hombre.

Alicia le observó de hito en hito; sus labios tornáronse graves; bajo la doble crencha de sus cabellos rojos, partidos simétricamente sobre la frente, los ojos tuvieron una expresión pensativa. Ella ignoraba cómo los hombres primitivos cazaban el reno, pero sabía de conocer caracteres y de atizar pasiones, y si ojeó pocos libros, leyó de corrido en muchas conciencias, lo que es mejor. Su instinto agudo, que no solía equivocarse, adivinó en el gesto y la voz del estudiante algo dominador y desesperado. Prefirió cortar la conversación.

—Adiós, Enrique. ¡Ah! Manolo ha preguntado por usted varias veces.

—Muchas gracias. Dele usted mis recuerdos.

—¿Cuándo irá usted por casa?

Siempre sombrío, Darlés repuso:

—No lo sé, Alicia; pero esté usted cierta de que iré tan pronto como deba ir.