Y hubo en esta alusión á lo que él llamaba «su deber» un trémolo indefinible de soberbia y de amargura.
Al quedarse solo el estudiante tuvo una explosión de cólera que, á falta de palabras, se deshizo en lágrimas. Tenía la convicción de que sus respuestas, un poco misteriosas, impresionaron á Alicia; habían sido bellas. Ahora, y para no perder lo ganado, necesitaba que su conducta corroborase lo dicho. Embozadamente habíase comprometido á algo muy grave. De no cumplir lo ofrecido, quedaría en ridículo. Era, pues, indispensable llegar al fin.
—Seré ladrón—pensó.
Después dirigióse á su taberna, donde cenó tranquilamente y se acostó temprano. Durmió bien, con esa paz profunda que dejan en los espíritus largo tiempo agitados las resoluciones irrevocables. Era mediodía cuando despertó. Inmediatamente se levantó, vistióse de limpio y escribió á su padre una carta tranquila, en la que sólo hablaba de sus estudios. Luego metió en un pañuelo todos sus libros de texto y salió á la calle. Iba á venderlos. «Si me prenden—reflexionaba—ese dinero puede hacerme falta; y si logro huir y todo queda en el misterio, tiempo tengo de recobrarlos.»
Realizada la venta se dirigió á un restaurant de lujo, donde almorzó con ciertos refinamientos. En todos estos detalles menudos, tan contrarios al orden y sencillez de su vida habitual, un observador hubiese descubierto cierta melancolía de despedida. Luego estuvo bebiendo café en la terrasse del Lyon d'Or, y reconoció que muchas de las mujeres que pasaban eran bonitas. Acerca de lo que iba á realizar no había pensado nada concreto. Prefería abandonarse á lo imprevisto. Los grandes conflictos se resuelven mejor sobre la marcha, de sopetón, ante la inminencia del peligro.
A las seis en punto se levantó, y cruzando la calle de Sevilla dirigióse por la carrera de San Jerónimo hacia la Puerta del Sol. Todavía las luces del alumbrado público y de los comercios estaban apagadas. Era una tarde de Abril; barría las calles un remusgo fresco y húmedo; en el espacio límpido, teñido de rosa, Venus vertía la serenidad de su luz milenaria. Darlés avanzaba tranquilamente, con un sosiego de movimientos que parecía responder á una ecuanimidad perfecta. Al llegar á la acera del Ministerio de la Gobernación detúvose á observar los tranvías, los coches, el gentío que pululaba á su alrededor. La idea de que pronto le prenderían, renació en su espíritu.
—Mañana—pensó—no veré nada de esto.
Y sus ojos tuvieron una melancolía de «adiós». Sin embargo, ya no podía torcer su resolución de robar.
El fondo de esta locura lo constituía, más que un anhelo carnal, un prurito romántico, casi coquetón, de «quedar bien». La concupiscencia de los primeros momentos había evolucionado hasta convertirse en el sentimiento elegante, puramente artístico, de un «bello gesto». En último término, adueñarse de Alicia era lo de menos: lo importante, por no decir lo único, era tener ante ella la hermosura de un heroísmo; que para los grandes criminales, como para los artistas ilustres, como para los multimillonarios que se arruinan en una noche, como para todos los que rompen los moldes vulgares, guarda el alma aventurera de la mujer una admiración. Y el estudiante, considerando que Alicia Pardo se acordaría siempre de que hubo un hombre honrado que fué á presidio por ella, se juzgaba pagado y feliz.
Absorto en estas quimeras, llegó Enrique Darlés á la joyería de la calle Mayor, cuyas luces, recién encendidas, volcaban sobre la acera un generoso resplandor. Detúvose el mozo ante el escaparate, lleno de refulgencias cegadoras. En el centro de la vidriera y ciñendo el cuello de un medio busto de terciopelo blanco, estaba el collar, el terrible collar de esmeraldas. Darlés lo contempló largamente, y al principio experimentó esa sensación de miedo y de frío que inspiran las armas de fuego. Después esta emoción desapareció; la luz verde de las esmeraldas le enajenaba; era una especie de atracción telúrica, invencible como el principio de gravedad. No obstante, todavía vacilaba, todavía comprendía que en aquel medio metro que le separaba del escaparate flotaba un abismo. De pronto, pensó: