—¿Y si Alicia me viese ahora aquí?...

Esta idea derrotó sus últimos temores y abrió la puerta del establecimiento con mano segura. En seguida avanzó hacia el mostrador; su paso era firme y suelto. Un dependiente alto y elegante, con largos bigotes rubios, salió á recibirle.

—¿Qué deseaba usted?

Con un aplomo del que segundos antes no se hubiese creído capaz, Enrique contestó:

—Quisiera ver ese collar de esmeraldas que hay en la vidriera.

—Sí, señor.

Darlés miró á su alrededor y notó que, al fondo de la tienda, un caballero barbiblanco, el dueño sin duda, le observaba atento. El tenía ya un plan: se apoderaría de la joya y huiría hacia la puerta que, para este fin, dejó entornada.

El dependiente volvía con el collar, que depositó sobre el pañete verde musgo del mostrador. Enrique Darlés apenas se atrevía á tocarlo.

—¿Cuánto vale?

—Quince mil pesetas.