El estudiante chasqueó la lengua, como hacen los bebedores para celebrar el buen gusto y calidad de un vino. Su interlocutor agregó:

—Tengo la seguridad de que habrá usted visto pocas esmeraldas como éstas.

El caballero peliblanco se había acercado sin hablar, las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y su continente era grave y perplejo. Diríase que su espíritu desconfiado de comerciante venteaba un peligro. Darlés le miró de reojo: aún era honrado, aún podía arrepentirse...

El dependiente había traído varios estuches, de los que fué sacando collares diferentes. En el modo de cogerlos, de acariciarlos entre sus dedos de uñas cuidadas y de extenderlos sobre el pañete del mostrador, ponía aquel hombre un cariño. Los había de brillantes, de turquesas, de zafiros, de topacios...

El estudiante vacilaba; latía en aquella proximidad del crimen una voluptuosidad mareante y terrible, á la vez dulce y acre. Siguió preguntando:

—¿Qué vale este collar?

—Muy poco: dos mil doscientas pesetas.

—¿Y éste de rubíes?

—Cuatro mil quinientas.

Darlés los cogía, los miraba detenidamente, volvía á dejarlos. De pronto experimentó la sensación de que por sus mejillas acababa de extenderse una gran palidez. Para reponerse dijo: