—Este de perlas negras es muy hermoso.
—También es más caro: diez mil pesetas.
Bruscamente el señor barbiblanco, que hasta entonces no había desplegado los labios, exclamó con acritud:
—Bien; creo que ya han hablado ustedes bastante.
Y, dirigiéndose al dependiente:
—Guarde usted esos estuches.
Enrique Darlés levantó la cabeza y le miró á los ojos fieramente, con la altivez del hombre que todavía no ha delinquido.
—¿A qué viene eso?—gritó.
—No me gusta perder el tiempo—repuso el joyero—; á usted no debe sobrarle el dinero; yo no me equivoco.
Y volviéndose á su empleado, que presenciaba la escena atónito, repitió secamente: