—Le he dicho que recoja esos estuches.
Tal vez el estudiante no estaba aún totalmente decidido á robar; todavía, quizás, quedaba en su conciencia algo bueno, sano, que, en el momento supremo, se hubiese impuesto á la fatal tentación. Pero las palabras destempladas del comerciante, exasperándole, le obligaron á delinquir; buscó un desquite y pecó. El caso no es nuevo; muchas, muchísimas veces, un crimen sólo es la represalia lógica de una injusticia.
Fuera de sí, Enrique alargó rápidamente un brazo hacia el sitio donde estaba el collar de esmeraldas; sus dedos se crisparon, convulsos; giró sobre sí mismo y, de un salto, ganó la puerta.
En aquel momento, uno tras otro, sonaron dos tiros.
Darlés emprendió una carrera vertiginosa, delirante, hacia el Viaducto. Al principio oyó una voz que gritaba á su espalda:
—¡A ése, á ése! ¡Al ladrón!...
Una voz terrible, de pesadilla, y luego percibió el estrépito, semejante á un trueno, de la gente que le perseguía. Ante él los transeuntes se apartaban, y había en sus rostros miedo y asombro. Al llegar á la calle de Bordadores, un hombre que esgrimía un bastón, trató de cerrarle el paso y, entonces, Darlés torció á la izquierda, venciendo con velocidad de liebre la cuesta de la calle Siete de Julio. De un portal le tiraron una silla, que apenas le rozó, y donde acaso tropezaron los que de más cerca le acosaban. Cuando la humana jauría, jadeante y furiosa, pasaba bajo los arcos de la Plaza Mayor, su griterío amenazador retumbó con más fuerza:
—¡A ése!... ¡A ése!...
El estudiante, alocado, corriendo siempre en línea recta, llegó á la barandilla que cierra el jardín y la franqueó de un salto. Esto le salvó. La poca luz que allí había y las sombras de los árboles desdibujaron su figura. El, sin embargo, continuó corriendo y, al encontrarse de nuevo con la barandilla, volvió á saltar. Al caer, sus rodillas, fatigadas, se doblaron y á poco da de bruces contra el suelo. Pero en el acto se levantó y siguió corriendo. Ahora las voces de sus acosadores retumbaban lejos, bajo las bóvedas sonantes de la plaza.
Darlés continuó huyendo por la calle de Toledo, y advirtió que muchos transeuntes le miraban con inquietud. Una mujer exclamó: