—¡Va herido!...
Al llegar á Puerta Cerrada, el estudiante se acercó á la famosa cruz que da nombre á la plaza. No podía más; las piernas se le rompían de cansancio; su corazón estallaba; la lengua se le escapaba de la boca. Varias mujeres le rodearon asustadas.
—¡Está usted herido!—decían—. ¿Qué es eso?... ¡Le han herido á usted!
Pero en sus exclamaciones no había rencor, sino piedad ingénua. El estudiante se sintió más tranquilo. Una de aquellas mujeres llevaba un cántaro.
—¡Un buche de agua!—balbuceó Enrique—. Agua... ¡Me muero de sed!...
Acercó sus labios á la boca de la vasija y bebió á largos sorbos.
—Está usted herido... ¡Pobre hombre!... ¡Vaya usted en seguida á la Casa de Socorro!...
Para no suscitar sospechas, Darlés repuso:
—Sí, ahora voy...