Después trasegó algunas buchadas más, y siguió huyendo hacia la calle de Segovia. Corrió mucho, mucho, hasta que sus fuerzas se agotaron totalmente. Detúvose y se reconoció; sus ropas mojadas se adherían á su carne, produciéndole una desagradable sensación de frío; tenía las manos rojas: lo que él creyó sudor, era sangre.
—¡Estoy herido!—murmuró.
Y entonces comprendió lo que las mujeres de Puerta Cerrada le habían dicho. En aquel momento acometióle un ligero mareo y necesitó apoyarse contra la pared. Después abrió los ojos y examinó el sitio donde se hallaba. Era un callejón pendiente y solitario, abierto entre casas modestas. Muy cerca, sobre la inmensidad negra del cielo, aparecía la mole imponente del Viaducto, esa atalaya siniestra y magnífica desde la cual tantos tristes se despidieron de la vida en una reverencia mortal.
Enrique Darlés volvió á pensar:
—Estoy herido...
Sus ideas iban coordinándose: Alicia, su cuartito de la calle de la Ballesta... Palpóse los bolsillos, y sus dedos hallaron el collar, «¡su collar!...»
El estudiante sonrió; una alegría inefable esponjaba su cuitado corazón. Suspiró; se enjugó dos lágrimas. Alicia sería suya. La novela de su vida acababa de ser escrita.