Candelas y Alicia Pardo regresaban en landó de las carreras. La tarde había pecado de frescachona, pero el sol no se ocultó ni un momento, y los jockeys lucharon bien. Alicia sonreía; estaba contenta; había ganado ochocientas pesetas, y en sus ojos persistía aún la visión de los jinetes huyendo con rapidez fantasmagórica sobre el fondo del paisaje abrileño. Y, de pronto, en el segundo tercio de la carrera, de aquel grupo multicolor, compuesto de blusas rojas, azules y amarillas, y de calzones blancos, un caballo se destacó para tomar la cuerda, y ella había ganado...

En esta victoria hallaba algo personal, que mimaba su orgullo.

—Ese jockey que ahora tiene tu conde—exclamó—monta como un centauro. ¿Es inglés?

Candelas contestó:

—No, belga.

A Alicia, que no recordaba con exactitud hacia dónde quedaban los Países Bajos, no le satisfizo la respuesta. Pero era igual; bastábala con saber que el jockey triunfador venía de uno de esos pueblos septentrionales donde todos los hombres son correctos y rubios.

Candelas comenzó á explicar la ciega confianza que el conde, su amigo, tenía en aquel caballista extraordinario. En pocas palabras trazó un brillante programa de diversiones y de viajes. A primeros de Mayo irían á Londres, y en Junio, á París, donde el conde pensaba llevarse el «Gran Premio», de Longchamps. La otoñada la pasarían en Niza.

Alicia Pardo repuso:

—En Septiembre el marquesito y yo vamos á Monte-Carlo. Es preciso que nos veamos; con los hombres, ¿verdad?..., nos divertimos poco. No saben hacernos reir.

Cuando el landó llegaba á la plaza de Castelar, Alicia preguntó á su amiga: