—No sé... así..., parecía portera...

Alicia permanecía indecisa; la concisión autoritaria de aquellos renglones impresionaba. Era una carta de hombre; los niños no saben hablar así. En el sobre una mano impaciente, acaso desesperada, había escrito, con letras de trazos vigorosos, la palabra «urgente».

—¿Qué hacemos?—preguntó.

—Creo—repuso Candelas—que debemos ir á verle.

—¿Para qué?

—Cuando él te llama, algo muy grave debe ocurrirle. Ve...

Alicia consultó su reloj: eran las seis; aun podía, sin turbar el programa de aquella noche, otorgarse el lujo de una condescendencia. Y ordenó al cochero:

—¡Ballesta, número...! ¡A escape!...

Un momento las dos jóvenes estuvieron calladas. Candelas, de repente, exclamó:

—¿Has leído lo que dicen los periódicos del robo que hubo anoche en la calle Mayor?