—No... ¿Qué dicen?
—Que han robado una joyería.
—¡Una joyería!—repitió Alicia.
Su rostro tuvo una expresión inenarrable de ansiedad y de espanto. Se acordó de aquel collar de esmeraldas, en el que tantas veces había pensado, y de la tarde en que ella y Candelas sorprendieron á Enrique Darlés inmóvil ante el escaparate de la tienda. Inopinadamente, la dolorida figura del estudiante parecía ponerse de pie en su memoria. Escuchaba sus últimas palabras: «Usted no me ha tratado. Usted no sabe quién soy yo». Y estas frases, á las que nunca concedió valor, ahora repercutían en sus oídos con un «tic» profético.
—¿Qué han robado?—preguntó.
—No puedo decírtelo, porque leí el periódico muy á la ligera.
—¿Y quién es el ladrón?
—No se sabe.
—¿No le prendieron?
—No. Fué más listo que los que le perseguían...