—Sí.
El misterio que envolvía al delincuente aumentó la inquietud de Alicia. Era una emoción bonita, novelesca, que la producía cierto engreimiento. «¡Si hubiese robado por mí!», pensaba. Emoción orgullosa y malsana, semejante á la que experimenta ante sus amigos el hombre por quien una mujer se ha suicidado.
Candelas, que seguía los pensamientos de Alicia, exclamó:
—¡Sería notable que el autor del atentado fuese Enrique Darlés!
—No lo creo.
—Pues mira, yo dudo...
—Hubiera hecho muy mal.
—Evidentemente.
—Y si lo hizo, me tiene sin cuidado. Que se fastidie, por imbécil. Yo, nada le he pedido; y, en último término, ¡qué diablos!, más delito tiene el que otorga que el que pide...