El coche se detuvo, y Alicia y Candelas echaron pie á tierra y penetraron en un portal de apariencia mezquina. Candelas llamó.
—¡Portera, portera!
A sus voces nadie contestó.
—Sígueme—dijo Alicia—, conozco el camino.
Echó á andar, recogiéndose pulcramente su falda color perla é imprimiendo á la larga amazona roja de su sombrero un gracioso vaivén. Atravesaron un patio sórdido y húmedo, luego otro, y comenzaron á subir una empinada escalera. El fru-frú sedeño de sus enaguas y el tintineo de sus pulseras llenaba el silencio. Llegaron al tercer piso y detuviéronse ante una puerta entornada. Alicia llamó con los nudillos. Nadie contestó. Volvió á llamar. Desde dentro, una voz, la voz de Enrique, repuso débilmente:
—Adelante...
La joven y Candelas se hallaron en una habitación obscura que apestaba á sangre. Alicia Pardo no pudo reprimir una exclamación grosera de disgusto:
—¡Qué asco! ¡Puf!... ¿A qué huele aquí?
Desde el fondo de la estancia, donde se insinuaba la silueta de un lecho, Enrique Darlés balbuceó:
—Ahí, sobre esa mesita, hay fósforos... Enciende el quinqué...