Candelas se mantuvo inmóvil, junto á la puerta, temerosa de tropezar. Cuando hubo luz, las dos amigas lanzaron á su alrededor una mirada rápida. Componían el moblaje una mesa de escribir, una cómoda sobre la que había un espejo, y á la hila de las paredes encaladas media docena de sillas de enea. El estudiante estaba acostado y vestido en su lecho; sobre la albura de la almohada, su cabeza, de crespos y negrísimos cabellos, yacía inerte. Un momento abrió los ojos, y luego, pausadamente, tornó á cerrarlos. Por su rostro lampiño, que la lividez de los labios entristecía, divagaba la blancura etérea y luminosa del último dolor.

Las dos jóvenes se aproximaron al estudiante. Alicia exclamó:

—¡Enrique!... ¡Enrique!...

El entreabrió los párpados, y sus pupilas turbias fijaron en «Tacita de oro» una mirada de gratitud. Ella repitió:

—Enrique... ¿Me oyes?

—Sí.

—Te han herido, ¿verdad?

—Sí.

—¿Tú fuiste quien cometió anoche el robo de la calle Mayor?

—Sí...