Por el semblante de la joven pasó un gran susto; era el temor de que á su marido le amenazase algún peligro; un desafío, tal vez... Hubo en su carilla carnosa, enmarcada por un abundante desbordamiento de negros cabellos, una emoción de perplegidad.
El novelista repuso:
—Tengo ensayo general después de la función...
—¿Cómo? ¿Pero vas á estrenar?
Villarroya sintió flaquear su aplomo.
—¡Bah! Es una obrilla sin importancia, una quisicosa que he hilvanado, por compromiso, en tres ó cuatro horas...
Hubo un corto silencio. La esposa preguntó:
—¿Cómo se titula?
Su acento fué irónico. Luego, viendo que Villarroya tardaba en responder, sonrió. Ricardo lanzó una carcajada y, repentinamente, lleno de ternura y de amor hacia su compañera, la abrazó. Ella exclamó sin enfadarse, con esa grandeza maternal de espíritu que las mujeres vulgares y celosas—celosas porque son vulgares—no comprenden:
—Para decirme que deseabas pasar una noche fuera de casa no necesitabas mentir...