Cuando Villarroya salió á la calle iba incomodado consigo mismo; realmente, lo que acababa de hacer era una infamia; su pobre «Chulita», tan resignada, tan indulgente, no merecía ser tratada así. Después pensó en Fuensanta. Pero, poco á poco, estos remordimientos fueron disipándose según el porvenir tornaba á convencerle de que lo desconocido es lo mejor...

Desde su casa corrió Ricardo á la de su editor, á quien halló en uno de esos momentos de pesimismo que hacen inabordables á los mercaderes. Villarroya le pidió mil pesetas á cuenta de su último libro; su acento era de angustia. El editor lo comprendió así; por otra parte, conocía el desequilibrado vivir del novelista, y aprovechó la ocasión que se le ofrecía de realizar, á cambio de un pequeño anticipo, un buen negocio. Sus astutas negativas triunfaron; Villarroya vendió la propiedad absoluta de su obra por ochocientas pesetas.

Los dos hombres se despidieron sonrientes y alegres. Inmediatamente Villarroya penetró en un estanco, pidió recado de escribir y á vuela pluma trazó estos renglones concisos, expresivos, de letras violentas, como escritos por una mano de veinte años:

«La espero á usted mañana en la calle de..., número..., á las diez y media de la noche. Vaya usted tranquila.»

III

El refugio elegido por el novelista para la cita era una de esas casas tolerantes, misteriosas como capillas consagradas á algún rito exótico, sobre las cuales las mujeres que viven en virtud lanzan furtivas miradas de curiosidad. Algo silencioso las rodea, y su fachada dice recuerdos á la experiencia de los hombres, y promesas de fuertes y procelosas alegrías al candor de las vírgenes. Bajo su techo, los amantes, los adúlteros, todos cuantos el vicio, la miseria ó la pasión, ponen fuera de la ley, se encuentran, y el murmullo feliz de sus risas sube al espacio como una evaporación de carne rosada. De día, esos asilos, con sus ventanas entornadas, á donde nadie se asoma, parecen muertos; pero por las noches, en la obscuridad de la calle y junto á los portales virtuosos, honradamente impasibles al frío de los desheredados sin albergue, su zaguán hospitalario, siempre abierto, pinta un rectángulo blanco, ante el cual la moral ceñuda pasa sin mirar.

Ricardo Villarroya había retenido dos habitaciones, ricamente decoradas, que pondrían á su aventura marco digno. Cuando llegó, todavía faltaban minutos para las diez y media. Una mujer huesuda y alta salió á recibirle; una de esas viejas dueñas en cuyos ademanes la costumbre que tuvieron cuando jóvenes de agradar dejó un ritmo elegante. El novelista saludó:

—Buenas noches, Concha.

Ella correspondió al saludo con una sonrisa y se estrecharon las manos apretadamente, largamente, con la efusión de la complicidad.

—¿Ha venido?—dijo él.