—No.

Y añadió maquinalmente, por el hábito que tenía de serenar las impaciencias de los hombres:

—Aun es temprano.

Le condujo á las habitaciones que Villarroya había elegido. Allí se sentaron. El miraba á todas partes atentamente, fijando en su memoria la situación de los muebles y de las puertas, para luego no tropezar en la obscuridad. También buscó el botoncillo de la luz. Ella comprendió:

—Lo tienes ahí—dijo—, á la derecha de ese espejo.

Ricardo hizo un signo afirmativo. Hubo un silencio. Concha exclamó:

—Cuenta, cuenta... ¿Qué haces ahora? ¿Cuál es tu vida después de tanto tiempo?... Ya vi tu última comedia; muy hermosa...

Animada por un movimiento de sincero interés amistoso, preguntóle por sus hijos, sin advertir que estos recuerdos le producían cierto malestar. La conversación giró hacia el asunto que les había reunido.

—Ahora puedes explicármelo bien—dijo Concha—, porque esta tarde, como viniste tan de prisa, apenas me enteré.

Ricardo leyó en alta voz la última carta de su admiradora. Ella le inspeccionaba atentamente, con sus ojos astutos habituados á las emboscadas de la vida y capaces de reflejar todas las emociones menos la del asombro.