Poseído de pueril ufanía, Villarroya exclamó:
—Dí, Concha, tú que tantas cosas viste; ¿no es cierto que mi aventura es extraordinaria?
—Efectivamente.
—¿Y no crees también que tengo motivos para dar brincos de alegría?
Ella no respondió, y su silencio puso en los oídos del galán la frialdad de una negativa. Ricardo consultó su reloj; faltaban veinte minutos para las once; la repentina sospecha de que la tan Esperada no viniese extendió por sus nervios un sacudimiento de dolor. Recordó que ella no acudió á la primera cita y que esta desilusión podía repetirse.
Concha había encendido un cigarrillo y miraba al suelo pensativa. De pronto, exclamó:
—¿Tú no sospechas quién pueda ser la autora de esas cartas?
—No.
—¿Conociste durante estos últimos meses alguna mujer que, más ó menos explícitamente, se haya manifestado enamorada de ti?
—No recuerdo... De ella sólo sé que habita en una calle por donde yo paso con frecuencia, pues en su primera carta lo declara así. Mas eso poco ó nada explica; ¡recorre uno tantas calles al cabo del día!...