Se detuvo, rebuscando aún entre sus recuerdos. Concha lanzó una carcajada malévola.

—¿Y estás seguro de que todo ello no sea una broma?

—Las mejillas de Ricardo Villarroya, de coloradas que estaban, se tornaron lívidas; un momento su corazón impresionable cesó de latir; al través de la multitud de ideas que le agitaban, su espíritu realizó una cabriola funambulesca, enorme.

—¡Una broma!—repitió—; ¡imposible! ¿Quién iba á hacerse eso?...

—¡Toma, cualquiera!... Un amigo que ha querido reir á costa tuya y que á estas horas quizá esté refiriéndolo en la mesa del café.

Como Villarroya no respondiese, agregó:

—Sí, hombre, eso debe de ser, porque lo otro raya en lo novelesco, no lo dudes; ¡lo que parece imposible es que un hombre como tú, corrido, no adivine ciertas cosas!

Ricardo permaneció callado, no sabiendo qué razones oponer á las de aquella trujamán desilusionada que hacía del «mal pensar» un criterio infalible. En su interior voces proféticas le aseguraban que la desconocida existía, que se acercaba pensando en él...

Tornó á ojear su reloj; eran las once menos cinco; silencio absoluto llenaba la casa adonde nadie, por coincidencia rarísima, había llegado pidiendo alojamiento. Villarroya tembló; acababa de sentir pasar por la habitación ese gran frío magnético de las citas frustradas. Temores infantiles agitaron su conciencia; recordó que durante aquellos meses últimos su buen humor, contristado tal vez por la presencia umbrosa de la actriz, había declinado, y que la víspera Fuensanta Godoy, mística y supersticiosa, le dijo al despedirle: «Yo he rogado á Dios que nadie te quiera...» ¿Qué virtualidad podían tener aquellas palabras? ¿Sería cierta esa terrible «influencia á distancia» de que los hechiceros medioevales se decían investidos?... El novelista creyóse juguete de alguna mujer irónica ó coqueta, que le citaba para desesperarle y aumentar con aquellas fintas sus ya furiosos deseos de conocerla, y tuvo miedo; miedo de hallarse solo otra vez consigo mismo, expuesto á las torturas de una nueva carta, que ignoraba si tardaría muchos días en llegar á él, ó si no vendría nunca...

Sus ojos interrogaron automáticamente el viejo reloj de bronce que adornaba la chimenea; uno de esos relojes inútiles y vistosos que parecen presidir la vida de los dormitorios, y están siempre parados, como temerosos de separar á los que se quieren. Concha observó aquel movimiento.