Fuera, en el vano rumoroso de un patio, resonaba la canción de la lluvia. Concha, que sentía frío y sueño, arrebujóse mejor en su mantón y encendió otro cigarrillo. La voluntad de Ricardo experimentó una depresión: acababa de reconocerse un tanto ridículo rindiéndose así, tan prematuramente, al contento de una cita en la que no tenía motivos para confiar, y comprendió que el ruido del aguacero le consolaba, porque parecía dar á su chasco cierta disculpa. Lentamente, las ilusiones voraces que allí le arrastraron iban declinando; una modorra invasora y sutil le penetraba; sus labios, cansados, bostezaron entre el rojo bosque de la barba. Todavía, sin embargo, su esperanza impuso á su impaciencia un nuevo plazo. Esperaría otro cuarto de hora, nada más que un cuarto de hora, y después... Aguardó, sin embargo, veinticinco minutos. A las once y cuarenta se levantó, sin cuidarse de enmascarar su rabioso humor.
—Me voy—dijo.
Se dirigió hacia la puerta. Concha caminó tras él, murmurando:
—¿Por qué no aguardas un poco más?
—Lo considero inútil; esto va picando en juego de chiquillos.
Aún tuvo un momento de flaqueza.
—Si ella, por una casualidad, viniese—dijo—, convéncela de que no deje transcurrir el día de mañana sin escribirme.
Cuando llegaron al recibimiento, se detuvieron mirándose sorprendidos y alegres; acababan de llamar; al otro lado de la puerta se percibía un frufruteo liviano de faldas. Concha hizo á Villarroya un guiño expresivo para que se ocultase; rápidamente el novelista desapareció tras una cortina. Sin prisa, la vieja dueña abrió la puerta. Desde fuera una voz femenina preguntó:
—¿Don Ricardo Villarroya?