—Sí, señora; aquí es.
En la penumbra del recibimiento que Concha acababa de dejar á obscuras, perfilóse vagamente el cuerpo de una mujer, alta y garrida, vestida de negro, el rostro cubierto por un antifaz. Concha añadió, cogiéndola suavemente por una mano:
—Venga usted...
Guióla algunos pasos por entre las tinieblas del corredor; en seguida retrocedió; Ricardo Villarroya había salido de su escondite y preguntaba con gestos el sitio donde la desconocida esperaba. Concha bulbuceó:
—Ahí la tienes, en el pasillo. Yo me voy al piso de arriba.
Marchóse, cerrando la puerta. La obscuridad del recibimiento fué impenetrable. San Román avanzó mesuradamente, los brazos extendidos, hasta que sus dedos, abiertos por la ansiedad de la rebusca, tropezaron con una mano pequeña y enguantada. Allí estaba la desconocida aguardándole, inmóvil. Ricardo preguntó:
—¿Es usted, verdad?
Ella repuso suspirando, más que articulando, las palabras:
—Sí; yo soy...
—Sígame usted.