Caminaron sin soltar él aquella manecita, un poco temblorosa, que difundía por su brazo calor febril, y penetraron en una habitación cuya puerta el galán cerró cuidadoso. Un tintineo casi imperceptible de pulseras y el sérico crujir de la falda decían que la tapada temblaba bajo sus vestidos.
—No tenga usted miedo—observó Ricardo—; estamos completamente solos.
La condujo sin tropezar por entre los muebles que invadían el perímetro de la estancia, y cuya disposición veía con los ojos de la memoria, y fué á sentarla en un sillón, de espaldas al dormitorio: él colocóse á su lado, sobre un diván. Hallábase agitadísimo, tanto, que apenas sabía empezar el diálogo. Por decir algo exclamó:
—¿Está usted ya más tranquila?
Ella murmuró, con acento andaluz muy marcado:
—Hable usted bajo.
—¿Por qué?... Nadie nos oye; la casa nos pertenece, al menos, durante el espacio de esta noche.
Hubo una pausa; la desconocida parecía meditar su respuesta.
—No importa—dijo—; yo, que quiero satisfacer abundantemente su afición á lo raro, echaré sobre esta primera cita toda clase de secretos: el enigma de la obscuridad que nos aisla, y también el misterio de las conversaciones musitadas, que nublan el verdadero timbre de la voz que nos habla y parecen venir de muy lejos.
Contestación tan peregrina enardeció á Villarroya.