—Es usted admirable—exclamó—; yo sabré escribir libros y comedias, pero usted me enseña el arte supremo de embellecer y refinar la vida; es usted, por consiguiente, más artista que yo.
Emprendieron una conversación movida, heterogénea, llena de preguntas, como si en aquel seguido hablar de asuntos diversos mutuamente quisieran arrancarse algún secreto.
—Cuando usted llegó—decía Villarroya—iba yo á marcharme.
—¿Se aburría usted?
—Muchísimo; estaba desesperado; creí que usted no vendría.
—No pude llegar antes.
—Yo, en cambio, estoy aquí desde la diez.
—No le creía á usted tan libre, ¿Acaso no tiene usted, fuera de su casa, ninguna mujer que le aguarde?
La imagen pálida, enlutada, trágicamente triste, de Fuensanta Godoy, extremeció la memoria del novelista; recordó su nariz afilada por el dolor, sus labios sin sangre, sus ojos de ébano hinchados de llorar... Pero espantó bravamente aquella visión acusadora, y repuso:
—Yo no quiero á nadie, á pesar de los esfuerzos que una vez y otra hice para sentir amor. ¡Créame usted; no puedo! De los seres buenos, pero uniformes y borrosos, que me circundan, se desprende un vaho odioso, sedante y enervador de vulgaridad.