Ella tardó segundos en responder:

—Y yo, ¿cómo soy?

—A mis ojos, sublime: había usted de ser fea y perversa, y yo la adoraría. ¡Ah! Usted no se parece á las demás mujeres; usted es divina...

—¿Divina?... ¿Por qué?

—Porque es usted rara. Ser rara es tener personalidad; ¿y sabe usted lo difícil, lo imposible casi, que es en esta sociedad, donde la imbecilidad ambiente nos reduce y penetra, quedarnos en nosotros mismos, no parecernos á los demás?

Continuó hablando, siempre en voz baja para complacerla, y gradualmente su imaginación iba exaltándose y readquiriendo aquel verbo seductor y ardiente tantas veces aplaudido en las asambleas. Oleadas de sangre invadían su cabeza.

—Para arrostrar sin flaqueza los rudos combates del arte—decía—, necesitamos sentir á nuestro lado la presencia confortadora de un ideal muy alto. Lo de menos son las ganancias y los elogios, pocas veces leales, de la crítica. Lo más puro, lo exquisito, es tener un rincón, sea cual fuere, donde una mujer inteligente, enamorada de nosotros, exclame al echarnos los brazos al cuello: «¡Qué bonito es tu artículo de anoche!» Entonces una alegría indescriptible nos invade, nuestras fuerzas se duplican y sufrimos el mordiente anhelo de escribir mejor, ¡siempre mejor!, para que ella nos lea. Nuestro espíritu, que su imagen mejora, á ella vuelve: queremos distraerla, agasajarla, protegerla contra los feos recuerdos, y si de noche sonríe dormida, pensamos que sobre su frente revuela nuestra última canción.

Peroraba aupado al cenit radiante del más fogoso lirismo por una exaltación á cuyo génesis su carne y su espíritu cooperaban indistintamente. Aquel continuo hablar á media voz y la obscuridad que le envolvía, llegaron á producirle cierto malestar físico. Dos ó tres veces se detuvo, pareciéndole que soñaba y que sus palabras caían al vacío. Para dominar su turbación á cada momento preguntaba:

—¿Me oye usted?

Ella respondía brevemente: