—Sí.

Y el silencio volvía á rodearles. Hubo momentos en que Ricardo Villarroya sintió su cabeza enloquecida por la presión de las tinieblas. Además, lo impersonal de aquel diálogo, semejante á un monólogo, ya que su interlocutora apenas le respondía lo preciso para comprometerle á seguir hablando, contribuyó á aturdirle.

—¡Todavía nada sé de usted—exclamó—; ni siquiera su nombre! ¡Dígamelo usted!

Su acento fué de angustia y de súplica. Ella contestó:

—Llámeme usted como guste; por ahora estamos así mejor; mi nombre lo sabrá usted luego.

Mas por mucho cuidado que Ricardo puso en dominarse, la atolondrada exaltación de sus nervios volvía.

Siempre es molesto hablar á obscuras, pues falta la visión directa del sujeto á quien nos dirigimos; la fantasía, sin embargo, suele cumplir gallardamente su misión evocadora y ofrecérnosle pulcramente reflejado sobre los espejos misteriosos del recuerdo, de modo que su imagen rivalice en nitidez y precisión con la sensación misma. Mas ni siquiera á este postrer recurso podía encomendarse el enamorado Villarroya; él ignoraba las facciones de su interlocutora. ¿Era joven? ¿Era bonita? ¿Qué color tenían sus ojos y sus cabellos? Y lo que le parecía más alarmante: mientras él hablaba, ¿cuál era la expresión de su rostro? Le escucharía con atención recogida? ¿Se burlaría de él?... Al principio, estas preguntas deambularon por su cerebro sin concretarse; le bastaba saber que á su lado alguien le escuchaba. Después, según su magín fué inflamándose, las ideas se embrollaron hasta adquirir monstruosos perfiles; unas veces pensaba que sus palabras caían en la nada; otras imaginaba que su interlocutora era algo quimérico, una bruja, tal vez, de semblante aciago, con boca canallesca y ojos nunca vistos y horribles.

Para recobrarse de aquel naciente laberinto oprimió fuertemente un brazo de la desconocida, y su mano gozó el contacto de una carne dura y vibrante. Luego, según fue adelantando sus pesquisas, recibió la impresión bondadosa de unos hombros redondos y de un talle esbelto y mimbreante erguido sobre la ampulosidad de las caderas. Instantáneamente Villarroya hallóse serenado; el tacto suplía á la vista; el hilo de relaciones entre el sujeto y el objeto, que rompió la obscuridad, se había anudado.

—Al fin te tengo—exclamó presa de enternecimiento repentino—; ya no nos separaremos nunca, ¿verdad?... ¡Nunca!... Viviré para ti, escribiré para ti, tuyos serán mis triunfos... Tú... tú eres la mujer que perseguí en tantas mujeres; tu espíritu, aquel que yo atisbaba bajo tantos cuerpos como la casualidad ó el capricho hizo míos. Alma siniestra, alma extravagante, alma de enigma, ¿por qué tardaste tanto en venir á mí?

Acercóse á ella y aspiró el peligro de un perfume exótico y violento; sus dedos resbalaron suavemente por la cabeza de la Deseada, apreciando el contorno gracioso de la nuca, las orejas menudas y sin pendientes, el terciopelo del antifaz...