Y Ricardo volvió á estremecerse, pensando en aquellos ojos vigilantes que le buscaban por entre la doble noche de las tinieblas y de la máscara.

El seductor tuvo un arrebato de impaciencia.

—¿Quieres luz?

Iba á levantarse; ella le detuvo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque... no es preciso.

Y agregó filosófica:

—Imitemos el ejemplo que nos da la vida. Por ella nunca vamos mejor que cuando caminamos á obscuras.

Ricardo no contestó; sus dientes se apretaron; la sangre hormigueó caliente en sus dedos abiertos por el ansia de dominación; en la obscuridad, su cabeza bermeja y rapada adquirió la expresión de los antiguos conquistadores, violadores y sanguinarios, cuando entraban á saco. Rápidamente rememoró la disposición de los muebles, la situación exacta de la puerta que conducía al dormitorio...