—Te amo—murmuró—, te adoro... ¡Daría por ti la vida!...

Ella no se defendía, ni siquiera hablaba; él la besó la frente y los cabellos; sus brazos avaros rodearon su cintura; levantóla del suelo y á través de la tiniebla sus dos sombras caminaron enlazadas...

De pronto resonó la voz de Fuensanta Godoy; aquella voz imperiosa, vibrante, orquestal, con que la actriz tiranizó en otro tiempo á las muchedumbres.

—¡Eres un miserable!—decía—. ¡Me repugnas; déjame!...

Villarroya lanzó un grito; sudor frío y copioso inundó su frente. La joven repitió, poniéndole ambas manos sobre el pecho y rechazándole:

—¡Eres un miserable!...

Ella misma buscó por la pared, junto á la mesilla de noche, el botón de la luz eléctrica; la habitación se iluminó. Los amantes aparecieron de pie, el uno enfrente del otro; su actitud era hostil; los dos estaban lívidos.

Fuensanta habló primero; sus palabras, más que de violento reproche, fueron de inacabable tristeza y abatimiento.

—Me has roto el alma—dijo—; ya no puedo quererte; vamos á dejarnos. ¡Es horrible, horrible!... Después de lo ocurrido, todo entre nosotros debe concluir.

El callaba; se había dejado caer sobre una silla; tenía deseos de llorar y recatábase el rostro entre las manos. Ella continuó: