—Nunca me hablaste con la elocuencia ardiente que te inspiraba esa mujer á quien creías rendir esta noche por primera vez. ¡Ah, Ricardo! ¿Qué clase de hombre eres? ¿Qué misterio inexplicable hay en ti y cómo pudiste dedicar tanta ilusión á lo que no conocías?
Suspiró y hubo en su lamento un latido secreto de mujer humillada y celosa. Villarroya, reconociéndose completamente derrotado y ridículo, no contestó.
—He querido descender al fondo de tu carácter—prosiguió Fuensanta—, y vi que en tu alma, componedora de comedias y de libros, sólo hay traición, antojo y superchería. No eres un hombre, Ricardo, eres un artista... ¡nada más que un artista!... y quien dijo artista dijo absurdo, egoísmo y quimera. Paso á paso, durante estos diez ó doce días últimos, fui observándote y ninguno de tus sentimientos quedó para mí inadvertido. Como te conozco muy bien, quise exacerbar tu ilusión para traerte á esta cita completamente ciego, de modo que imposible te fuera adivinarme. Por eso no acudí á tu primer llamamiento, por eso tardé tanto en responder á tus cartas... y las angustias de la espera fueron para ti como polvo que la impaciencia te echaba á los ojos. Te he visto caer. Hoy mismo tuve miedo de oir lo que habías de decir aquí, y me fingí enferma y llorando te rogué que pasases esta noche á mi lado. ¡Imposible! El impulso que mis anónimos levantaron en ti era demasiado grande; nada podría contenerte, ¡nada! Segura estoy de que la vida de tus propios hijos la habrías arriesgado por acudir á esta cita maldita.
Maltratado en su amor propio, no sabiendo cómo defenderse y quebrantado por tantas contradictorias emociones, Ricardo Villaroya rompió á llorar.
La actriz continuó:
—¿Por qué una carta sin firma ejerce sobre tu voluntad esa fascinación inexorable, y en virtud de qué miraje has de imaginar joven y discreta, y no vieja y ridícula, á la mujer que te propone una cita extravagante? ¡Ah! Tú no sabes qué quieres... ni lo que tienes... Tú eres un pobre hombre vano, inconsciente, desposeído de criterio, que todo cuanto rechaza ó apetece lo lleva dentro de sí mismo.
Él permanecía callado; no obstante, las lágrimas, fatigándole, habíanle producido alivio bienhechor; laxitud suave iba poseyéndole.
Fuensanta Godoy concluyó de abrocharse su abrigo.
—Adiós—dijo—. Ya sé que siempre cualquiera mujer desconocida ha de inspirarte más cariño que yo. ¡Pobre Ricardo! Andar... andar... tu maldición es esa.
Contemplóle breves instantes y salió de la alcoba; transcurrió un momento; una puerta se cerró con estrépito. Luego, en el silencio, vibraron las pisadas de la actriz, que bajaba la escalera; y el eco aquel, cada vez más mortecino, tenía el ritmo solemne y conciso de lo que se va...