Ricardo Villaroya no se movió; estaba fatigadísimo; á las inquietudes febriles de la víspera había sucedido una gran calma. Dentro de su espíritu, perdido en ese enorme silencio que sigue á las grandes catástrofes, una voz herida musitaba: «No quieras, no busques, porque todo es igual á todo, y lo pasado, como lo futuro, son aspectos del mismo Desengaño...» Y la conciencia desolada comprendía que aquella voz cobarde tenía razón. ¿Para qué desear? La ilusión es una mala hembra indócil que, bajo el techo de los artistas, sólo duerme una noche...
Madrid.—Noviembre, 1906.
RICK
«Si te cuentan que han visto
volar un caballo y que era
alazán, créelo.»—(Proverbio
árabe.)
I
Todo el mundo aristocrático que frecuenta las tribunas de los grandes hipódromos europeos, conocía la pasión idolátrica que el jockey Juan Thom profesaba á su caballo Rick. Durante cuatro años consecutivos, Rick fué invencible: su agilidad y su vigor derrotaron las reputaciones más sólidas; los laureles tan codiciados que se adjudican en los turf de París y de Londres, fueron para él; ningún corredor igualó su ímpetu; era infatigable y enorme como Eclipse, y ardiente en la primera acometida como Vermouth. Muchos veterinarios curiosos le examinaron creyendo que sus clavículas ofrecerían una disposición especial.