El pasado de Juan Francisco era obscuro y sencillo. No conoció á sus padres, y salió del Hospicio á los doce años para colocarse en el picadero de un viejo, antiguo desbravador de las caballerizas reales, que tenía coches y caballos de alquiler.

En el amplio picadero que poseía cerca del Hipódromo aquel hombre grueso y bajito, á quien Juan Francisco recordaba haber visto en el Hospicio muchas tardes, fué donde el niño cobró inclinación hacia el arte que luego había de ocupar su vida; pues el medio es algo que modifica y se pega al carácter, como se agarran á los vestidos los perfumes. Así, lentamente, el aspecto de las cuadras, grandes, claras, con su olor á estiércol, sus suelos asfaltados, sus arrendaderos brillando al sol y sus frisos de blancos azulejos, iban conquistando la voluntad del futuro jockey y produciéndole íntimo y fresco contentamiento. Todas las mañanas, al despertar, el pequeño boy tenía un pensamiento que se resolvía en una sonrisa.

—Seré jockey...—decía.

Y esta ambición era confortadora, porque daba á su vida, á su pobre vida naciente, un impulso, un rumbo y un fin.

Desde muy temprano Juan trabajaba activamente barriendo lo sucio, abrillantando los arneses, quitando el barro á los coches, transportando cubos de agua de un lado á otro. Era menudito de cuerpo, descolorido y flacucho de rostro, con ojos pequeñines y azules, rodeados de pestañas bermejas. Caminaba lentamente y abriendo mucho las piernas, como jinete que acaba de recorrer una jornada larga y está muy fatigado. El ruido de sus zuecos, rellenos de paja, inquietaba á los caballos, que volvían la cabeza para mirarle, amusgaban las orejas y fijaban en él sus ojos brillantes. Unos resoplaban impacientes, otros atabaleaban el suelo, y el estrépito metálico de sus herraduras llenaba la soleada quietud de la cuadra. Al principio aquella curiosidad un poco hostil asustaba al boy; pero luego, con la costumbre, sus temores se disiparon: los caballos, á su vez, reconociéndole ya como á bienhechor, relinchaban de gozo al verle, y él concluyó por abordarles sin miedo, dándoles terroncitos de azúcar y bulliciosas palmadas sobre las ancas, lucias, brillantes y redondas.

Todas las mañanas, alrededor de las diez, el amo del picadero aparecía. Se llamaba don Pedro del Real, y los que le conocieron mozo le atribuían una historia amorosa larga y pintoresca. Pero si don Pedro fué, como decían, caballista infatigable, derribador temerario de toros y conquistador dichoso de voluntades femeninas, de aquel pasado galante ya nada, ó casi nada, quedaba en él. El tiempo artero habíale mudado la condición, sin duda, quitándole la alegría según fué robándole la guapeza. Don Pedro hablaba poco; era un espíritu reconcentrado, hermético, sobre cuyo entrecejo la vida había dejado un pliegue vertical de dolor. A pesar de esto, Juan Francisco le amaba; nunca le tuvo miedo; apenas le columbraba acudía á recibirle, y el regocijo del saludo le arrebolaba las mejillas; era como un grito de su sangre. Fué aquella una emoción en la que Juan Francisco, ya hombre, meditó muchas veces y que siempre, sin saber por qué, le dejaba triste...

Cierta mañana don Pedro, contra su costumbre, mostróse comunicativo y de buen humor. Aquel día nada tuvo que decir de la siempre discutida calidad de los piensos, ni de la limpieza bruñida de las pesebreras; todo, según lo examinaba, iba hallándolo bien: los arreos espejeaban al sol, como debe ser; los coches, recién lavados, trozos enormes parecían de pulido azabache; el rojo barniz de las ruedas ardía gayamente en la vastísima amplitud blanca de la cuadra.

Juan Francisco, en mangas de camisa y con un chaleco colorado de hombre que le llegaba á la altura de las rodillas, seguía á don Pedro, sorprendido de verle tan contento. El amo, de pronto, pareció reparar en él; miróle de hito en hito, y como las mejillas escuálidas del muchacho enrojeciesen de alegría, don Pedro del Real sonrió paternal; después le trabó por los sobacos, levantóle en alto, bajándole y subiéndole varias veces y con rapidez, como para apreciar bien su peso, y luego le soltó. Juan Francisco cayó de pie, y sus zuecos chocaron contra el suelo crepitando en el vacío sonante del salón. Varios cocheros y mozos de cuadra contemplaban la escena sonriendo. Don Pedro examinaba al boy; sus piernecillas flacuchas y estevadas, su tórax angosto, la delgadez esquelética, pero vigorosa, de sus brazos, el prognatismo de su mandíbula, la nerviosidad de su pestorejo acanalado... y toda aquella fealdad simiesca, parecían encantarle.

—¿Te gustan los caballos?—preguntó.

—Sí, señor, mucho—contestó Juan Francisco.