—¿Y ya no te dan miedo?

—No, señor.

—Bueno, pues entonces...

Y el antiguo caballista, que sin duda amaba apasionadamente su oficio, se interrumpía para observar al muchacho, que acaso realizaba el tipo soñado por él del perfecto jockey, ingrave y fibroso. Continuó:

—¿Tú quieres ser jockey?

Por la bocaza faunesca de Juan Francisco resbaló una sonrisa blanca, idiota, con esa idiotez del estupor que produce en los hombres la felicidad. Tardó en responder:

—Sí, señor... ¡Ya lo creo que quiero!

—Conformes; pues yo te enseñaré á montar.

Aquella misma mañana recibió Juan Francisco la primera lección de equitación, y á partir de tal momento, todos los domingos y días disantos, maestro y discípulo salían á galopar por la carretera de El Pardo. Eran excursiones terribles, de las que Juan Francisco, encogido y raquítico sobre el lomo sudoroso de su cabalgadura, regresaba lívido como un muerto.

Rápidamente el muchacho iba agilizándose, robusteciéndose, dentro de su delgadez caricaturesca, y adquiriendo esa complexión, á la vez ligera y hercúlea, de los buenos jinetes. Poseía además, y esto echólo de ver en seguida don Pedro, lo que no se aprende, lo que puede llamarse «el instinto» del oficio: un tic especial, inexplicable, personalísimo, que convierte la profesión, vulgar al parecer, de caballista, en un verdadero arte. Reglas hay para lo que, en la jerga de los picaderos, se dice «apurar al caballo»: para afirmarle la cabeza, para asegurarle la boca, para abrirle y darle vistosidad y gallardía, para tenerse bien sobre la silla... Todo ello constituye lo adjetivo, lo que puede imitarse de un buen maestro. Pero ninguna de estas habilidades adquiridas bastó á hacer verdaderamente famoso el nombre de un jockey. Los grandes jockeys de prestigio mundial tuvieron, además de esa sangre fría que les permitió aprovecharse de todos los descuidos de sus rivales, la «intuición» del caballo, una especie de adivinación ó de doble vista que les indicaba cómo necesitaban llevar las riendas y cuanto, en un determinado momento, debían hacer. Apropósito de esta parte esencial ó substantiva de su oficio, nada puede reglamentarse, como nada, en cuestiones de amor, debe prescribirse acerca del modo de interesar el corazón de una mujer. ¿Quién sabría decir cuál será la mirada, el gesto, la inflexión de voz, que en el «cuarto de hora» nupcial de la conquista han de darle á «Don Juan» la victoria? Así el jockey, para quien un espolazo oportuno ó un simple temblor de rodillas pueden constituir su triunfo ó su derrota en el último desesperado arranque de la carrera. Como «Tenorio», Fordham no se forma: nace.