Juan Francisco poseía este don maravilloso en grado tal, que sorprendió al mismo don Pedro. Sin saber por qué, pues su experiencia en asuntos hípicos era nula, bastábale un simple ojeo para conocer la condición del caballo que iba á montar. Pocas veces se equivocó. Diríase que desde el primer momento surgía entre él y su cabalgadura una corriente magnética que les apretaba y unía en el milagro de una sola voluntad.
Al mismo tiempo que Juan Francisco aprendía á tenerse bien sobre la silla y á ser un sagacísimo, cabal y esforzado jinete, capaz de gobernar á los potros de más torcida y alborotada condición con sólo el imperio de las rodillas, don Pedro iba enseñándole á corroborar y seleccionar sus preexcelentes disposiciones físicas de jockey.
—Un buen jockey—afirmaba el viejo caballista—debe reunir, á una gran fuerza muscular, el menor peso y el menor volumen posibles. Quiero decir: que necesita ser una especie de hércules enano.
Para conseguir lo primero, Juan iba dos ó tres horas diarias al gimnasio; para lo segundo, su maestro le trazó un plan alimenticio, le impuso masajes especiales y le obligó á dar largos paseos á pie y á tomar baños de sudor. Estos tratamientos durísimos, que ni aun los mismos jockeys ingleses pueden soportar, Juan Francisco los resistía perfectamente y sin mengua de su vigor muscular. De mes en mes el diminuto boy iba quedándose más descolorido y enjuto, y hasta diríase que su estatura había menguado: no obstante, ni su agilidad ni su fuerza decrecían. Pronto su peso disminuyó á cincuenta kilogramos. Don Pedro del Real le examinaba, le pulsaba, y un guiño admirativo iluminaba su grueso rostro, habitualmente impasible.
—Has nacido para jockey, muchacho—decía—, y te aseguro que harás carrera; yo entiendo mucho de eso; yo no me engaño.
No se equivocó, en efecto. Cuatro años después Juan Francisco se presentaba por primera vez como jockey ante el público de Madrid y obtenía un segundo premio.
II
Cuando don Pedro del Real murió, Juan Francisco entró al servicio del conde Narciso, que tenía caballerizas en París y era dueño de la yegua Turia, que el año anterior ganó los cien mil francos del «Jockey-Club».
El conde Narciso gozaba fama de ser uno de los más inteligentes y expertos caballistas de Europa. En sus cuadras poseía yeguas magníficas del Irak y sementales soberbios procedentes de las antiguas y gloriosas caballerizas del conde de Lagrange, el primer francés que arrancó á los ingleses el codiciado premio Derby. De estos cruces, sabiamente calculados, había nacido una raza de caballos admirables por su tamaño, su acabada traza y su ardimiento, con los cuales su dueño había ganado en los turf de Londres y de París muchos millares de francos. Sobre los caballos del conde, que pagaba las montas con extraordinaria largueza, habían pasado los mejores jockeys de Europa, pero muy pocos lograron merecer su simpatía y menos su confianza.
Era el conde Narciso un hombre como de cincuenta años, elegante y correcto, un poco frío, que siempre vestía trajes de color gris hechos en Londres, y estrenaba diariamente un par de guantes blancos. A los jockeys les recibía de pie, les examinaba rápidamente y luego les despedía con un gesto desdeñoso, inapelable, de rey.