—Por ahora—decía—no me conviene usted...
Y les volvía la espalda. Así, el favor del conde Narciso fue considerado en la profesión de jockey como un doctorado.
Juan Francisco fue á visitarle provisto de buenas cartas de recomendación; no obstante, iba medroso y balbuciente, como estudiante que va á examinarse de una asignatura mal aprendida. Acababa de cumplir veinte años: era un hombrecillo minúsculo, cenceño, flexible y vibrante, cual si su carne acerada careciese de armazón ósea. Con el tiempo, aquel raquitismo caricaturesco que tanto entusiasmaba al veterano don Pedro del Real, habíase exagerado hasta lo inverosímil. Un copioso plantel de cabellos rojos cortados á rape cubría su cráneo dolicocéfalo, chato y largo; tenía la frente breve y deprimida, cortada transversalmente por dos hondas arrugas paralelas; los ojos pequeños, redondos y azules; la corva nariz avanzaba, atrevida y tajante, como una arista; el prognatismo enfermizo de su mandíbula inferior hundía las mejillas y afilaba el semblante exangüe y pecoso: era una verdadera mandíbula de jockey, que salía al tropiezo del horizonte y parecía hecha para cortar el aire.
Un criado condujo á Juan Francisco al despacho del conde.
—Tenga usted la bondad de esperar—le dijo—; el señor conde está bañándose.
El joven jockey permaneció de pie, inmóvil sobre sus piernecillas abiertas, lleno de zozobra dentro de su amplio gabán color café. La habitación donde se hallaba tenía dos ventanas á un jardín, y era espaciosa y clara. Cubrían las paredes largos armarios repletos de libros lindamente encuadernados, sobre cuyos tejuelos de diversos colores la luz se reflejaba alegre. Aquí y allá, en estudiado desorden, aparecían escenas hípicas y retratos de jockeys y de caballos famosos. Sobre la chimenea, y como en lugar preferente, estaba la fotografía de Grimshaw, que ganó montando al caballo francés Gladiateur el premio Derby; y á su lado la del jockey Fordham, campeón invencible de las carreras largas. En artísticos marcos forrados de felpa, cuyo lozano color verde traía el recuerdo de los hipódromos, aparecían varias cabezas de corredores célebres: la de Monarque, padre de Gladiateur y de toda una generación de terribles corredores; la de Liouba, su yegua favorita; la de Vermouth; la de Eclipse, el mejor caballo del siglo XVIII, vencedor de Bucéfalo, y uno de cuyos cascos, metido en un hermoso objeto de arte, fue regalado como premio en una carrera de la «Copa de Ascot». En la entreventana, ocupando también lugar ostentoso y preferente, había un retrato del famoso Baucher...
Contemplando aquella exposición de celebridades hípicas, Juan Francisco pensaba:
—¡Si yo mereciese algún día el honor de figurar aquí!...
La puerta del despacho acababa de ser abierta lentamente, y bajo los pesados cortinajes de color musgo que la cubrían apareció la figura correcta y simpática del conde Narciso. Su calva noble y tranquila de hombre mundano brillaba á la luz; cubría sus mejillas, bronceadas ligeramente por el aire libre y el sol, una bien cuidada barba, corta y blanca. Vestía, según costumbre, un traje gris claro; el ancho pantalón caía aplomo, conforme á los severos cánones de la elegancia inglesa, sobre las botas de charol reluciente.
Juan Francisco se inclinó respetuoso, los pies juntos, los brazos rígidos á lo largo del busto. Ante aquel hombrecillo grotesco que volvía á la memoria el recuerdo de las teorías darwinianas, el conde pareció satisfecho. El jockey esperaba que su interlocutor le dirigiese algunas preguntas, pero se equivocó: el conde Narciso limitóse á observarle, desnudándole y sospesándole cuidadosamente con la mirada: vió su frente estrecha, su barbilla tajante, llena de voluntad, su tórax angosto que apenas opondría resistencia al aire; y al mismo tiempo sus ojos inteligentes apreciaron la terrible fuerza nerviosa de aquel cuerpecillo enano.