—¿Cuánto pesa usted?—preguntó.
—Cuarenta y ocho kilogramos.
—Está bien.
—Pero aún espero llegar á los cuarenta y cinco.
Por las cejas, poco inclinadas á la sorpresa, del conde Narciso, pasó un ligero temblor admirativo. Parecía encantado. Juan Francisco acababa de conquistarle, más que con su aspecto, por aquellas contestaciones breves y seguras donde latía, como un fanatismo, ese «amor al caballo» que llena el alma de los jockeys de raza.
—¿Cuánto deseaba usted ganar?—preguntó el conde.
—¡Oh!... de eso, si al señor le parece, hablaremos más adelante, cuando el señor vea de cerca lo que yo valgo.
—Perfectamente. Entonces, á partir de este momento, queda usted á mi servicio, y mañana mismo saldrá usted para París.
—Como el señor disponga.
—Pero necesito, y esto es indispensable, que antes cambie usted de nombre: procúrese usted un apellido exótico y monosilábico, que impresione fácilmente el oído.