Juan se inclinó ceremoniosamente y salió. Desde aquel día, el obscuro hospiciano que siempre había firmado Juan Francisco, comenzó á llamarse «Juan Thom».
El triunfo que el joven jockey lograba poco después sobre la pista de Longchamps, le valía un puesto de honor entre los corredores más famosos de allende el Estrecho.
Juan montaba aquella tarde el caballo Abril, un alazán de cinco años, nuevo en los hipódromos, y del cual, no obstante, los inteligentes hablaban mucho; lo que los ingleses llaman un dark-horse.
La víspera, el conde Narciso había cambiado algunas palabras con Juan Thom; él no quería decirle nada acerca de cómo debía llevar á Abril; prefería dejarle todas las iniciativas y con ello adjudicarle todas las responsabilidades. Como si hablase de un viejo amigo, el jockey repuso tranquilo:
—No pase zozobra el señor conde; Abril y yo nos llevamos muy bien.
Iba á empezar la carrera; el juez de salida dió la señal y los caballos partieron. Durante los primeros momentos todos los concurrentes avanzaron en grupo; pero muy pronto Abril dirigió la carrera y alcanzaba una ventaja de varios metros. Junto á él corría Prometeo II, vencedor del premio Oaks y campeón de los hipódromos británicos, con quien los ingleses esperaban llevarse aquel año los cien mil francos del «Gran Premio». Un instante las manos de Abril flaquearon, y Prometeo II, brincando elástico bajo la fusta de su jinete, ocupó el primer puesto. Fué aquel un momento de indescriptible emoción. El actual rey de Inglaterra, entonces príncipe de Gales, que estaba en las tribunas, tremoló sobre su cabeza un pañuelo en señal de victoria, y un ¡hurra! gutural y áspero, lanzado por millares de gargantas sajonas, cruzó el espacio.
Pero Juan Thom no aceptaba aún la derrota. Su alma latina, invencible en el impulso temerario de la primera impresión, tuvo una resolución heroica, y desviando con lentitud hábil á su caballo de la línea recta, lo echó disimuladamente sobre el competidor que le arrancaba el triunfo. Las rodillas de Thom y del otro jockey chocaron, permaneciendo algunos segundos estrechamente cosidas y superpuestas; crujieron los huesos; de pronto Juan Thom, que no perdía la serenidad, sintió en su corva la presión de la rodilla enemiga; aquella ventaja de tres ó cuatro pulgadas que acababa de obtener, decidió la lucha en su favor. Prometeo II, desconcertado por la maniobra artera de su rival, que le cortaba el camino, perdió terreno, y Abril llegaba el primero ante las tribunas, bajo una lluvia crepitante de aplausos.
Sin familia, sin amigos y dotado de un carácter callado y juicioso, Juan Thom no tenía, fuera de su oficio, nada que le sobresaltase ni distrajese. Pasaba las tardes en las cuadras del conde Narciso, examinando los arreos, modificando la forma de las sillas para aligerarlas, estudiando la calidad de los piensos, preocupado siempre por el temor de que los caballos engordasen. Y él mismo andaba sometido á masajes crueles y á ejercicios gimnásticos que daban á su enjuta musculatura la sequedad y la dureza del hierro. Refinando mucho sus alimentos, llegó á comer muy poco: uno de sus grandes empeños estaba cifrado en tener la cintura de un niño; según Juan Thom, el jockey ideal debe carecer de estómago.
Así, la confianza que el conde Narciso tenía en la pericia de su primer jockey era ilimitada. Thom ordenaba los cruces que debían mejorar la raza de los corredores, y maravillaba la penetración suprema con que buscaba en los padres las condiciones de agilidad, de voluntad y de fortaleza, que más tarde habían de resplandecer en el hijo.
Del cruce de la yegua Rocío con un garañón inglés, por el que dió el conde Narciso ochocientos mil francos, nació Rick; aquel terrible Rick, jamás vencido bajo las rodillas de Thom, que varios veterinarios reconocieron buscando en la anatomía de sus clavículas una complexión especial.