III
Juan Thom, que ya llegaba á los cuarenta años, adoró en Rick, en quien su asotilado instinto de viejo jockey adivinaba cualidades extraordinarias de agilidad, vigor y coraje.
En cierto modo, esta pasión fué la resultante del ambiente que le circundaba. El buen Thom, raquítico y feo hasta lo bufo, con sus piernecillas estevadas, sus brazos largos y nudosos y su cabeza de simio, no había sabido formarse una familia. Además, le asustaba vivir siempre bajo los cielos, un poco tristes, de París ó de Londres. Realmente, Juan Thom, que guardaba algunos ahorros y empezaba á saberse viejo, sentía recónditos y callados deseos de volver á España. Aquella desilusión de su vida actual era en él como un atavismo; la necesidad melancólica que todos los hombres que habitaron constantemente en grandes urbes experimentan de regresar al campo, cual si repentinamente vibrase en sus entrañas el amor á la Naturaleza, á los arroyos murmurantes, á las selvas umbrosas, á la tierra madre, bienhechora y munífica, que adoraron con culto panteísta sus progenitores, los remotos aborígenes, salvajes y desnudos. Juan Thom soñaba con su vieja Castilla, seca y llana: se establecería en un pueblo, compraría una casita, cuidaría una huerta y luego, cuando la casualidad le deparase una mujer buena y guardadora de su hacienda, se casaría y tendría hijos, y moriría olvidado y tranquilo, lejos del estruendo fragoroso de los hipódromos.
La aparición de Rick vino á quebrar momentáneamente estos cristianos propósitos de serenidad y alejamiento. Juan Thom lo vió nacer, él presidió su vida, él, á fuerza de tesón, quitóle toda mala estirpe de resabios y defensas, ejercitó su inteligencia, infundió á su condición voluntariosa arrestos temerarios, nutrió sus músculos, dió á sus miembros, con ayuda de sabios ejercicios, aquellas proporciones agigantadas que ningún otro caballo había de igualar después, y puso en su instinto ese ramalazo de fiero orgullo que decide de la victoria en todos los combates.
A los cinco años Rick tenía nueve dedos sobre la marca. Era alazán, de un alazán tostado y brillante. El sangriento color del ollar y la mirada ardiente de los ojos negrísimos, daban á la cabeza expresión poderosa y temible. Era muy abierto de pecho, redondo de grupa y acopado de cascos; el dorso ondulante, la boca asegurada y fresca. Sus remos, flacos y largos, ignoraban el cansancio y abarcaban un tranco enorme; al caminar, todo su cuerpo vibrante temblaba, siguiendo al cuello erguido y robusto, que parecía arrastrarlo tras sí, hacia el horizonte. Era gigantesco como Eclipse, ágil como Vermouth, voluntarioso y arrebatado como Monarque. Celoso de su poder, no consentía la vecindad de ninguna sombra; el menor ruido le sobresaltaba; sus orejas levantadas, más que pasmo, revelaban cólera; siempre parecía fugitivo, y sin cesar sus ojos iban de una parte á otra, mirándose las ancas, como asustado de sí mismo. Su figura imponente amedrentaba á sus competidores; en las cuadras del conde Narciso había un caballo que cuando se hallaba en algún canter con Rick se abocinaba y cubría de sudor.
Los días de carrera, por la mañana, Juan Thom entraba en la caballeriza á saludar á Rick.
—Hoy hay lucha, Rick—decía—; es preciso portarse bien.
El noble animal miraba al jockey, luego resoplaba, y su belfo descubría los dientes descarnados y amarillentos, ensayando una sonrisa ufana. Thom, entonces, le daba nalgadas sonoras, le acariciaba la crín, le besaba el ollar y le decía al oído palabras de amor. El bruto, agradecido, amorraba la cabeza y entornaba los ojos...
Sobre la pista del hipódromo, Juan Thom y Rick, al formar un cuerpo gobernado por una sola y omnipotente voluntad, resucitaban la fábula del centauro. Impetuoso en la acometida, é infatigable y tenacísimo en la carrera, Rick tenía algo del poder de los elementos cósmicos. Su arranque era terrible siempre, casi decisivo; pero en la lucha, su voluntad ardiente y dura, como hecha de fuego y de diamante, no encontraba rival. Su impulso, además, era consciente: Thom podía dejarle las riendas sobre el cuello, seguro de que Rick no desaprovecharía ninguna ocasión para vencer.
No satisfecho con esta perfecta alianza, Juan Thom había enseñado á su caballo un grito gutural que, á modo de conjuro, poseía la virtud de enajenarle y desbocarle.