—¡Gruiiii!... ¡Gruiiii!...
Era un alarido ronco, breve, de una modulación suigéneris, clarineante y salvaje, que el astuto jockey sólo lanzaba en los trances de peligro extremado; una voz cabalística que acaso hería los centros cerebrales del animal y le trastornaba. Este recurso nadie, ni aun el mismo conde Narciso, lo conocía; pero, aunque alguien lo hubiese sabido, no hubiera podido utilizarlo. La virtud de esas palabras que penetran hasta el fondo de ciertas almas, depende, más que de su significación escueta, del modo como son pronunciadas y de la simpatía que medie entre quien habla y quien escucha. Una mujer oye decir: «te amo», á un hombre que la es indiferente, y permanece fría; pero se lo dice el galán que ella quiere, y se vuelve loca.
Juan Thom sabía esto, y la fuerza de fascinación que tenía sobre su caballo dábale la seguridad de ser invencible. Varias veces probó la capacidad empujadora del grito aquel.
—¡Gruiiii!...
Y siempre llegó el primero á la meta. Al oirlo, Rick poníase fuera de sí: instantáneamente bebíase la brida, estiraba el cuello, sus cuatro remos formaban con su vientre una línea horizontal, y botaba, cual si algo eléctrico estallase en su interior. Piedra disparada por honda parecía; su velocidad era la velocidad silbante de la flecha. Volaba. Las multitudes, atónitas, saludaban con un rumor de pasmo aquel correr inaudito.
Montado sobre el lomo temblequeante y enorme de Rick, el diminuto Juan Thom, cuyas espuelas apenas alcanzaban al vientre de su cabalgadura, parecía un mono con dolor de estómago. Y, no obstante, para Thom, el vencedor de todas las carreras, eran los aplausos y los apretones de manos y las sonrisas, á veces voluptuosamente prometedoras, de las mujeres elegantes que llenaban las tribunas. Con su gorrilla de visera, su chaquetilla de seda roja, su ceñido pantalón blanco y sus chambergas de charol, Juan Thom era, sobre el verde tapete de los hipódromos, grande como un rey. Su busto exiguo permanecía rígido, insensible al incienso; su boca fina, desdeñosa, casi imperceptible como la herida de un bisturí, no sonreía; sus ojos pequeños y buídos miraban al espacio inquietos, devorando la distancia. A lomos de Rick, Thom era la encarnación del dios Exito: las victorias del célebre caballo, haciendo oscilar millones de francos, tenían la importancia de una gran jugada de Bolsa. Un crítico, refiriendo el último triunfo de Juan Thom, dijo que con los billetes de Banco que Rick había ganado podría alfombrarse el Campo de Marte.
Los cuidados idolátricos de que Thom rodeaba á su caballo, el ahinco suicida que ponía en afilarse y disminuir para pesar sobre Rick lo menos posible, las zozobras de vanidad y de interés que nublaban su ánimo, la semana de inquietudes febriles que precedía á los grandes torneos hípicos, los peligros de la lucha, y, más tarde, los aplausos cobrados en aquella incesante y apretada colaboración, habían robustecido los vínculos del amor casi paternal que el jockey profesaba á su caballo.
Repasando sus recuerdos volvía con frecuencia á la memoria de Juan la impresión del despacho donde, muchos años antes, vió por primera vez al conde Narciso. El aspecto de aquella habitación persistía en su espíritu con detalles minuciosos: los muebles de gutapercha, los armarios abarrotados de volúmenes, sobre cuyos tejuelos rielaba la luz mañanera, los retratos de jockeys y de caballos célebres diseminados por la uniformidad gris de los muros. Y también revivía el anhelo ambicioso que la severidad del despacho aquel suscitó en su ánimo: «¡Si yo llegase á ser un jockey de prestigio mundial! Si yo alcanzase la fortuna de tener un caballo que pasase á la posteridad como Eclipse y Monarque!...» Ahora reconocía que la vida no fué mala para él: había triunfado, todos sus deseos estaban cumplidos, y ello le producía una ecuanimidad dulce y honda.
Al revés de lo que suele ocurrir en el teatro, donde no es raro que el primer galán, aunque esté enamorado de la primera actriz, se muestre mortificado y celoso de los aplausos tributados á su compañera, la celebridad cosmopolita de Rick no era mas que la corroboración ó complemento de la celebridad de Juan Thom. La popularidad les acariciaba igualmente: el color de las blusas sedeñas del pequeño Thom dirigía la moda en las temporadas de primavera y de otoño; un zapatero parisino puso á la venta unas botas chambergas idénticas á las usadas por él y que llevaban su nombre; las cabezas del jockey invencible y de Rick aparecieron juntas muchas veces sobre la primera página de las revistas ilustradas.
Juan iba hacia la inmortalidad, y le llevaba Rick, que era su obra maestra, casi su hijo. Así, jamás con mayor razón que entonces pudo decirse de ningún artista que caminaba hacia el triunfo montado sobre su historia.