IV
Todas las tardes en que había carreras, al salir de Longchamps, Juan Thom vaciaba una botella de vino en la taberna de un bordelés que había viajado mucho por España, y cuya conversación pintoresca era para el jockey desterrado como un rayo del alegre sol de la patria.
Cuando el señor Gustavo trajinaba en el comedor sirviendo á los parroquianos que llegaban boquisecos y con ganas de cerveza y de broma, el pequeño Thom iba á sentarse en la terrasse del establecimiento, ante el cual el bosque de Bolonia dilataba su inmensidad verde. Los crepúsculos de aquellas tibias tardes primaverales eran muy dulces: el cielo azul, donde la luz solar iba amortiguándose en una gama de palideces incontables, se cubría lentamente de nubecillas blancas y de cirrus rosáceos de una delicadísima transparencia ambarina; la muchedumbre que regresaba á París dejaba tras sí un silencio, un gran silencio hierático, que se oía; á lo largo de las Avenidas, el ruido de los coches y el alarido crepitante de las bocinas de los automóviles disminuía, se emborronaba, en la distancia; la nube de polvo, semejante á un halo de muchos kilómetros, que levantó la multitud al pasar, descendía de nuevo á la tierra y la atmósfera recobraba su limpidez, y en la diafanidad luminosa del espacio, las frondas del bosque recortaban una línea ondulante y cerúlea. Y según el estrépito efímero de los hombres cesaba, la Naturaleza reaparecía solemne, avasallante, en su doble gesto magnífico de silencio absoluto y de eternal quietud.
De la lejanía llegaban piar de pajarillos adormilados y murmurios de arroyos, que hasta entonces parecieron callados, y que traían deseos de paz al alma de Juan Thom. Horas antes, los pulmones del pequeño jockey se habían congestionado en la angustia de la carrera, y cuando, como siempre, llegó el primero á la meta, sus mejillas tenían la palidez de la carne muerta. Ahora descansaba; sus labios exangües se abrían con deleite á las brisas, y en el círculo bermejo de las pestañas, los ojillos azules que hundió la fatiga recobraban su vivacidad. Su alma sencilla se desperezaba en este bienestar físico.
—¿Hasta cuándo viviré así?—pensaba—; esto no puede durar siempre; es preciso concluir...
Y sin ser filósofo ni entender un ápice de problemas trascendentes, el diminuto Thom, que era un hombrecillo perfectamente vulgar, se interrogaba con desaliento:
—¿Para qué defiendo tanto una vida en la que no he conseguido ser dichoso?...
El hilo de estas meditaciones melancólicas solía romperlo el señor Gustavo, siempre con delantal y en mangas de camisa, rojo, hercúleo, lleno de salud y de risas sobre sus zapatones claveteados y sonantes.