—¡Hola, señor Thom!—gritaba el bordelés—; ¿en qué se piensa?

El jockey se estremecía, aturdido por la pregunta inesperada, y tardaba un poco en contestar. Luego decía:

—¡Qué sé yo!... estaba aburrido...

—¿Cuándo volvemos por España?

—No sé; pero crea usted que cualquier día me voy.

—Es natural. ¡Qué diablos! Yo también tengo ganas de marcharme á Burdeos. ¡Aquel cielo... no hay otro!... Además, yo creo que los hombres, después de correr el mundo, deben irse á morir al sitio en donde nacieron.

Se sentaba y, familiarmente, con liberalidad meridional, de la botella que había pedido el jockey, se servía un generoso vaso de vino.

—¡A su salud!—exclamaba.

Y, levantándolo en alto, lo vaciaba de un trago, Juan Thom le contemplaba sonriendo, y se reconocía más insignificante y desmedrado que nunca, ante la mole atlética del tabernero carcajeante y sanguíneo que olvidaba su viudez abrazando estrechamente á las criadas de la vecindad, y que al hablar descargaba puñetazos terribles sobre las mesas.

El señor Gustavo tenía una hija, Marta, con quien Juan Thom echaba largos párrafos. Era una muchacha morena, un poco triste, de ojos juiciosos y honrados, que sugerían dulcemente la idea de formarse un hogar. El jockey solía hablarla de España, y aunque sus relatos eran verídicos y nada extraordinario ponía en ellos, la joven le escuchaba atentamente, atraída por esa leyenda de amores y de sangre que rodea á los países favoritos del sol. Un día en que su conversación fué más íntima, Marta le interrogó: