—En nada; en eso...

Thom cerró los ojos y su memoria buceó inútilmente en las tinieblas del Hospicio. Allí estaba su niñez, sus recuerdos arrancaban de allí... Pero, ¿y antes?... Y de pronto tuvo deseos de llorar, porque sintió que la vida no había tenido besos para él.

A la tarde siguiente, Juan Thom no pudo hablar con Marta. Era domingo y la taberna estaba llena de parroquianos sedientos, que reían y charlaban á gritos; las luces palidecían en el humo de las pipas. Thom, desde la terrasse, miraba al interior del establecimiento. El señor Gustavo, en pie, detrás del mostrador, al aire los antebrazos, peludos como los de un fauno, parecía presidir la reunión. Marta iba de una mesa á otra, solícita y grave á la vez, y al inclinarse hacia adelante para servir un bock de cerveza ó recoger unos vasos, sus pechos vibrantes y eréctiles se dibujaban audaces bajo la fina tela del corpiño.

Thom observaba á la joven, y una melancolía, que era casi una angustia, iba apoderándose de él; también advirtió que varios bebedores, que ya empezaban á mostrarse borrachos, la miraban con avidez.

¿Por qué de todas las perfecciones femeninas el seno es lo que más despierta y alborota la lascivia del hombre; y por qué á las mujeres, especialmente á las muy predispuestas á la maternidad, es allí, justamente, donde más gustan de ser acariciadas? ¿No hay en todo ese poderío lujuriante de los senos, que alimentan la vida del recién nacido, como «una voz de la especie»...?

En esto pensaba Juan Thom, y al mismo tiempo sentía un desasosiego extraño y doloroso, que era como una amenaza, como el presentimiento de un peligro que iba acercándose. Empezó á monologuear:

«Si Marta fuese novia mía y cualquiera de estos barbarotes la faltase al respeto de obra ó de palabra, ¿qué iba á hacer yo?...»

Y al sentirse obligado á responder á esta pregunta, la idea de que era pequeñuco, raquítico y débil, le hirió en su dignidad de hombre y de amante como un cuchillo.

El jockey acababa de vaciar su botella, cuando el peligro esperado llegó. Un parroquiano, que había pedido un bock de cerveza, trabó conversación con Marta: era un individuo barbirrubio, vestido con traje de pana, que reía groseramente. La joven quiso marcharse, pero su interlocutor la retenía por el delantal, y los ojos de los amigachos que trasegaban con él ardían en deseos. De pronto, aprovechando un momento en que el señor Gustavo se hallaba vuelto de espaldas al salón, el individuo del traje de pana extendió un brazo y su mano torpe, hambrienta cual una garra, se crispó gozosa sobre el seno de Marta. La moza dió un grito, y Juan Thom, fuera de sí, penetró en la taberna. Con la agilidad de un gato se lanzó sobre el insolente.

—¡Canalla!—gritó.