Al sentirse agredido, el borracho se puso de pie, esperó á que el jockey repitiese su acometida y luego, de un solo puñetazo, le tiró al suelo, hecho un ovillo, á los pies de Marta. Afortunadamente para Thom, el señor Gustavo acudía á su defensa: adivinaba lo ocurrido.

—¡Trueno de Dios!...

Las sílabas del juramento favorito del buen pueblo francés pasaron silbando por entre sus dientes, que crispaba la cólera. El borracho trató de defenderse, pero su resistencia fué vana: el tabernero le cogió por las solapas con una mano, para asegurar bien el golpe que iba á darle con la otra, y en seguida, de un puñetazo recto y seguro le lanzó hasta la terrasse con la cara rota y bañada en sangre.

Aquella noche Juan Thom cenó con el señor Gustavo; Marta comía con ellos, pero á cada momento se levantaba para servirles. Los dos hombres comentaron el lance, machacando pesadamente sobre los mismos detalles: Juan Thom acababa de vaciar su botella y se hallaba en la terrasse, de cara á la taberna y mirando á Marta; el señor Gustavo estaba detrás del mostrador y dando la espalda al salón; en aquel momento...

—Pues si no acude usted tan á tiempo—declaró el jockey con llaneza simpática—, ese tagarote da fin de mí.

—¡Vaya!... Pero conmigo la criada le salió respondona. ¿Eh?... ¡Tengo los puños muy sólidos! Al que yo le trabe por el cuello, ya puede despedirse de su familia...

Hablando así, el tabernero reía á carcajadas, con una violencia tonante que hacía vibrar la cristalería de los armarios. Bruscamente, reconociendo al jockey humillado, se interrumpió para decir:

—¡Caramba! ¡Pero usted es valiente!

Juan Thom, modestamente, bajó los ojos. El señor Gustavo repitió:

—¡Ya lo creo! Es usted un bravo... Porque hay que considerar que usted no tiene fuerza... que á usted, de un estornudo, se le tira al suelo...