Y como el jockey no contestase, Marta repuso:

—Sí; el pobre no ha podido hacer más... ¡Pero, como es tan pequeño!...

Thom miró á la joven y su mirada fué una lágrima. Marta, que era más alta que él, le compadecía. Nunca se sintió el infeliz más insignificante que entonces.

Después entraron dos parroquianos, y el señor Gustavo, que ya había cenado, fué á servirles. Juan Thom bebió solo su café. De cuando en cuando suspiraba y miraba al espacio fumando su pipa. De pronto experimentó cierto dulce alivio. Acababa de sorprender á Marta observándole desde detrás del mostrador, por encima del periódico que aparentaba leer atentamente.

V

Una mañana, al despertar, Juan Thom se preguntó:

—¿Por qué estoy tan triste?

Era, efectivamente, la suya una melancolía antigua y de honda raigambre que le había mordido reiteradas veces, pero sin que él supiese que aquello tan profundo, tan frío, que le robaba todo voluntario impulso y le explicaba la voluptuosidad de morir, se llamaba así: tristeza.

Mientras se vestía, el pequeño Thom volvió á interrogar á su conciencia á propósito de aquel malestar que iba invadiéndole poco á poco como una ola amarga; y al hacerlo fué en alta voz, cual si alguien que no fuera él mismo hubiese de responder á su pregunta:

—¿Por qué estoy tan triste?