No era la nostalgia de hallarse expatriado, ni la de ser feo, ni la de vivir pobremente, á pesar de lo mucho que llevaba trabajado: era algo más, otra cosa... ¿Qué podría ser?... Hasta que su desasosiego innominado tuvo un semblante y un nombre. Aquella revelación fue inesperada y deslumbrante, como obra de embaucamiento ó de hechizo.
—Estoy enamorado de Marta...—pensó con estupor Juan Thom.
Y era así: en las almas los movimientos se generan y hállanse sometidos á las leyes mecánicas que gobiernan el dinamismo de las máquinas. En éstas, por ejemplo, el impulso que hace resbalar unos sobre otros los engranajes de tres ó cuatro ruedas pequeñas, se comunica á lo largo de las correas de transmisión á otros engranajes más grandes, y de éstos á otros mayores aún, y al cabo á un volante gigantesco y de tremendo vigor que, al alimentar con su trabajo la vida de la fábrica, reasume y expresa las energías que todas las ruedas, árboles, émbolos, engranajes, distributores y correas, desarrollaron antes que él. Lo mismo ocurre en las almas, donde no es raro que todo cuanto en ellas dejó la herencia, el temperamento, la educación, el ejemplo y demás factores que cooperan á la formación de los caracteres, bruscamente se aúne, y los sentimientos que antes parecían antagónicos, luego se fundan para correr por el mismo cauce y componer una solitaria y todopoderosa corriente.
Esta transformación sorprendente y maravillosa como mutación de comedia de magia fué la que, en el curso rapidísimo de una noche, varió el alma sencilla de Juan Thom. El, poco acostumbrado á la meditación, había vivido ignorante de sí mismo y alejado de su propia conciencia: él, que nació inclusero, experimentaba, por atavismo sin duda y sin saberlo, la nostalgia de la madre y del padre que no conoció; él, inadvertidamente, acaso padecía también la melancolía de envejecer lejos de su patria, la ausencia total de afectos entrañables, la inanidad desesperante de la gloria, el aterido cansancio de una existencia que ya declinaba y aún no tenía rumbo, el espanto de tumba de las almas que caminan solas. Y repentinamente, estas desilusiones secretas, que correspondían á otros tantos deseos, se fundieron en un brusco anhelo; impulso único, despótico, rectilíneo.
Según las arterias recogen toda la sangre de los vasos capilares, ó como un río cosecha las aguas todas de la cuenca hidrográfica donde nace, así las ilusiones, las desesperanzas, los arrebatos, los recuerdos, cuanto el espíritu de Juan Thom había vivido y esperaba vivir aún, se sintetizó y mezcló en un gesto que tenía un nombre de mujer: Marta. Y ya no pensó mas que en aquello: era indispensable acercarse á ella, conquistarla: allí estaba el norte seguro de sus alegrías, el remedio inefable de todos sus despechos.
Y Juan Thom, mientras terminaba de anudarse la corbata delante del espejo, afirmó decidido:
—Sí, por eso estoy triste; porque estoy enamorado de Marta y yo no lo sabía...
La tarde en que el jockey se resolvió á declarar su cariño á la joven, ésta le oyó sin inmutarse, con esa frialdad que inspiran las confesiones poco deseadas y que se han visto llegar lentamente.
—Por mí—dijo—no hay inconveniente; usted me parece un hombre bueno... eso es lo principal. Pero necesito saber la opinión de mi padre: yo no hago nada sin su consentimiento.
—En tal caso—repuso Juan—, hablaré con él...