—Como usted guste.
La conversación de Juan Thom con el señor Gustavo se redujo á una cuestión de números: la dote de Marta no llegaba á quince mil francos. Juan, por lo visto, no tenía mucho más, y con treinta mil francos nadie se establece decorosamente. Tímidamente Juan insinuó sus deseos, cada día más notorios, de retirarse al campo. El tabernero le interrumpió: Marta, acostumbrada al bullicio alegre de París, no querría vivir en un pueblo, y menos separada de su padre.
—Yo no la he interrogado acerca de esto—terminó—; pero la conozco y creo que no accederá...
Ante el señor Gustavo, saludable, hercúleo, casi rico, con el crédito que le daba un negocio boyante y la obediencia de la mujer amada, el pequeño Thom se sentía anonadado y minúsculo, ¡Y si él hubiera podido oponer á las exigencias, un tanto impertinentes, de su presunto suegro, la afirmación de que Marta le quería!... Pero la joven se lo había dicho bien claramente: «Yo no hago nada sin consentimiento de mi padre». No tenía, por tanto, armas con qué luchar y debía someterse á lo que la parte enemiga decidiera.
—Y, más tarde—prosiguió el tabernero triunfante—, cuando vengan los hijos, ¿qué harían ustedes?
El jockey, sin levantar los ojos del suelo, movía la cabeza reconociendo con aquel signo afirmativo que el señor Gustavo tenía razón.
—Trabaje usted algunos años más—concluyó el tabernero—, y ya veremos. Mi hija todavía no necesita casarse. ¿Sabe usted qué edad tiene?...
—Tendrá... ¿veinte años?
—Diez y nueve nada más. Es demasiado joven.
—Sí, ella es joven—repuso Thom suspirando—; ella puede esperar... ¡ya lo creo!... Pero yo, no; yo voy siendo viejo...