A pesar del resultado negativo de aquella primera gestión, Juan Thom continuó yendo á la taberna casi todas las tardes. Una veces cenaba allí y luego, mientras bebía su café y fumaba dos ó tres pipas, se abismaba en la lectura de un periódico; otras, en que tenía prisa, tomaba un bock y se iba. Marta, en pie delante de él, las manos metidas en los bolsillos de su delantalito blanco festoneado de encajes, le despedía con una sonrisita amable.
—Buenas noches, señorita Marta.
—Buenas noches, señor Thom; hasta mañana.
Esta despedida trivial en que había como un deseo de volver á verle, consolaba al jockey.
—Si no volviese—se decía—creerían que me consideraba ofendido y hablarían mal de mí.
Los lunes, que eran días de poco trabajo, el señor Gustavo y su hija cenaban con él. El tabernero era muy aficionado á las carreras de caballos, en las que todos los domingos arriesgaba tres ó cuatro luises. La amistad del pequeño Thom le había sido muy útil; gracias á él llevaba ganados en aquellos dos últimos meses más de seiscientos francos, y esto le inspiraba un fuerte agradecimiento hacia el jockey.
—¿Cómo se las arregla usted—decía—para conocer tan perfectamente la condición de cada caballo? Si yo poseyese tal habilidad, le aseguro á usted que, antes de llegar á viejo, era millonario.
Inmóvil y pálido como una figura de cera, Juan Thom replicaba guiñando los ojillos.
—Ese es un don que no se adquiere en ninguna parte. Yo no «estudio» al caballo que voy á montar: yo lo «adivino»...
Hablaba de Rick, que era su pasión, su orgullo: describía su complexión, su color, la expresión de su mirar, su aliento soberano.