Para distraer á sus interlocutores y convencerles de que los mejores caballos son los alazanes obscuros ó tostados, refirió una historia que oyó contar, siendo niño, á su amo y maestro don Pedro del Real.
Decía la leyenda que cierto cheik ciego iba guiado por su hijo, huyendo de un tropel de furiosos enemigos. «—Hijo—preguntó el cheik—, ¿qué caballos montan nuestros perseguidores?—Caballos blancos, padre.—Entonces, llevémosles por donde haya sol, porque bajo el sol se derretirán como si fuesen de nieve...» Transcurrieron así varias horas, pasadas las cuales tornó á preguntar el cheik: «—Hijo, ¿cómo son los caballos que oigo galopar detrás de nosotros?—Son negros, padre.—Pues procura llevarlos por terreno áspero, porque á fuer de casquiblandos se romperán los cascos en el suelo...» Pero luego, como sintiese el anciano jefe que el estrépito de sus acosadores resonaba más cerca, volvió á informarse con inquietud del color de los caballos que montaban, y al saber que eran alazanes exclamó: «En tal caso, lo mejor es ocultarnos y dejarles pasar. De lo contrario, somos muertos».
—Y así es Rick—concluyó Juan Thom—como esos caballos árabes que corren sin sudar, durante todo un día, bajo el sol del desierto.
Proseguían charlando hasta las nueve y media ó las diez de la noche, hora en que el jockey, que necesitaba madrugar, se retiraba. Al marcharse, el tabernero, más afectuoso que antes, le acompañaba hasta la puerta, mirándole con ojos de enternecimiento y simpatía que parecían decirle: «No crea usted que he olvidado la conversación que tuvimos una tarde: mi hija y yo pensamos en usted».
Una noche el señor Gustavo y Marta invitaron á Juan Thom á cenar; los dos parecían preocupados y hablaron poco. A los postres el bordelés preguntó:
—Diga usted, amigo Juan: ¿usted tiene mucha confianza en Rick?
—Tengo más confianza en él—repuso gravemente el jockey—que en mí mismo.
Hubo un largo silencio que desconcertó á Thom. Aquella pregunta inesperada acababa de precipitarle en un abismo de dudas. Los dos hombres se miraban, fumando sus pipas: Marta leía un periódico. El señor Gustavo fue quien habló primero:
—¿Rick no ha sido vencido nunca?
—Jamás—repuso Thom, cuyos ojuelos llamearon de soberbia.