—Es que el mejor caballo, en un momento cualquiera puede flaquear... despistarse...

—¡Pero éste no!—interrumpió Thom orgulloso y magnífico—: yo respondo de él. ¡Rick, bajo mis rodillas, es invencible!

En aquel instante el pequeño jockey aparecía transfigurado y mejorado: su perfil simiesco temblaba de emoción colérica. Marta había dejado de leer y fijaba en él una mirada rectilínea de curiosidad y de sorpresa.

El señor Gustavo descargó un formidable puñetazo sobre la mesa, y levantando mucho la voz, en una sincera explosión de generosidad:

—Pues, si es así—dijo—, Marta juega los quince mil francos de su dote á Rick... ¡Y se casan ustedes!

Un livor cadavérico cubrió las mejillas pecosas y enjutas del jockey, y mortal temblor sacudió su pobre cuerpo enano.

—¿Es verdad, Marta?—balbuceó—¿es verdad lo que dice el señor Gustavo?

Y la joven, sonriendo apenas, repuso:

—Sí, señor Thom: mi padre lo ha dicho... Juan Thom sintió que la emoción le ahogaba: el agradecimiento y la alegría arrasaron sus ojos en lágrimas y rompió á llorar.

—Gracias—tartamudeaba—, muchas gracias... Ya soy feliz... ya no dudo... ¡Marta será mía!...