Calló y, sin saber qué hacía, se puso de pie; pero en seguida tuvo que sentarse. Estaba deslumbrado: ante sus ojos acababa de pasar una gran luz.

VI

Las carreras del «Gran Premio», que se disputa sobre el turf de Longchamps, despertaban aquel año extraordinario interés. Se hablaba de una apuesta de quinientos mil francos pendiente entre el conde Narciso y un sportsman inglés dueño del Cromwell, que había ganado el premio «Diana» y era tenido por el corredor más fuerte de los hipódromos británicos. Los periódicos de sports aseguraban que la lucha entre Cromwell y Rick sería emocionante: era la primera vez que aquellos dos corredores, hasta entonces invencibles, iban á medir sus fuerzas. Muchos inteligentes votaban por Rick; otros, en cambio, decían que las facultades del llamado, por antonomasia, «el primer caballo de Francia», iban declinando, mientras Cromwell, más joven que su glorioso enemigo, alcanzaba la plenitud de su vigor.

Juan Thom, por su parte, no dudaba de la victoria, y á solas en la caballeriza con Rick le abrazaba y besuqueaba hablándole de su próximo combate, donde era necesario vencer, porque de ello dependía su boda con Marta.

—¡Si supieses cuánto la quiero!... Esa mujer puede hacerme dichoso, Rick; ayúdame á lograrla. ¿No te gustaría á ti verme contento?

Enternecido por sus propias palabras, el jockey sentía que su amor hacia Rick desbordaba, trocándose en gratitud honda y jugosa; Rick le escuchaba derribando las orejas hacia atrás, bajando la cabeza para que su jinete le rascase la frente; y luego alzaba el cuello poderoso, con un resoplido de ufanía.

De repente y como por ensalmo, la adversidad vino á destruir los planes de Juan Thom. A principios de Abril, mes y medio antes de verificarse las carreras del «Gran Premio», falleció el conde Narciso, y su hijo y heredero, con quien meses atrás el pequeño Thom había tenido un disgusto, despidió al jockey.

Aquella noche, Juan refirió llorando al señor Gustavo la desgracia que le abrumaba. Estaba fuera de sí. La pérdida de Rick le enloquecía, no porque el pan fuese á faltarle, pues el amo de Cromwell, apenas supo lo ocurrido, le mandó llamar, sino porque él amaba á Rick y parecíale que con éste le quitaban la historia de todos sus triunfos. En aquellos primeros momentos de pesadumbre desgarradora, el jockey no hablaba de su porvenir ni de su amor hacia Marta: sólo hablaba de Rick, que era su pasado; pasado magnífico, glorioso como una selva de laureles.