—Yo lo he visto nacer—decía llorando—, yo lo he amaestrado como ningún otro caballo lo fué... ¡es el fruto de todos mis estudios!... Sin él mi fama se derrumbará, porque ya he perdido las ganas de trabajar, y seré uno de tantos...
Era ya tarde, y el señor Gustavo, apenas se marcharon los últimos parroquianos, cerró la taberna. Después puso sobre la mesa del jockey tres «dobles» de cerveza, encendió con aire preocupado su pipa, y sentado á horcajadas en una silla, esperó. Marta observaba á Thom sin comprenderle, hallando un poco ridícula aquella pasión de artista. Pero las lágrimas del jockey habían emocionado el corazón meridional del tabernero.
—No hay que desesperarse—dijo—. ¡Trueno de Dios!... Usted, por lo visto, es de los hombres que naufragan en un buche de agua.
—¿Yo? ¿Porqué?... ¿Acaso no tengo motivos para desesperarme? ¿No comprende usted que este accidente destruye todos mis planes?...
—A eso voy. Yo le prometí á usted jugar á Rick los quince mil francos de la dote de Marta...
—Sí, señor.
—Pues yo no me arrepiento jamás de lo que ofrezco; de modo que si no los juego á Rick, los jugaré á Cromwell... Vaya... ¿está usted contento?...
Juan miraba al suelo sin contestar. Las palabras generosas del tabernero no parecían haberle alegrado. El señor Gustavo continuó:
—Yo tengo en usted confianza inmensa y me parece que no perderemos la apuesta, ¿eh?... Diga usted, creo que no la perderemos...
Hubo un silencio, durante el cual Marta miró ahincadamente al jockey, como subrayando con los ojos lo que acababa de decir su padre. Juan Thom permanecía inmóvil y callado; estaba muy colorado, su respiración era un jadeo, sus ojuelos azules se dilataban en el círculo de sus pestañas rojizas. Temblaban sus mejillas pecosas. Aquel silencio, que parecía disimular una duda, alarmó al tabernero.